Del mito de la media naranja al ghosting: revisiones filosóficas sobre el amor
En El Banquete de Platón, Aristófanes presenta un mito: los
seres humanos eran originalmente completos, pero fueron divididos por los
dioses. Desde entonces, el amor surge como el deseo de recuperar esa unidad
perdida, una búsqueda de complemento a través del otro. Este relato funda la
noción de la "media naranja" en el imaginario occidental. Sin
embargo, Platón trasciende esta interpretación: el amor no se agota en lo
físico, sino que constituye una fuerza que orienta el alma hacia la virtud,
elevándola de lo sensible a lo inteligible, hacia la armonía del ser. De ahí
proviene el concepto de amor platónico.
Esta concepción del amor como fuerza transformadora
contrasta fuertemente con el diagnóstico contemporáneo de Byung-Chul Han. El
filósofo coreano-alemán sostiene que atravesamos la agonía del Eros. En la
sociedad actual, dominada por el narcisismo y la positividad, habitamos el
infierno de lo igual, donde el otro deja de ser verdaderamente otro para
convertirse en una extensión del yo. Al buscar relaciones exentas de fricción,
predecibles y confortables, el amor se domestica y pierde su capacidad de interpelarnos.
El otro ya no nos desafía; solo nos confirma.
Esta dinámica se inscribe en un fenómeno más amplio que
Zygmunt Bauman analiza en Amor Líquido (2003). Bauman observa que la noción de
vínculo, una unión fuerte, estable y vinculante, ha sido progresivamente
reemplazada por la de conexión. Mientras el vínculo implica responsabilidad y
compromiso, la conexión es una estructura ligera, fácilmente revocable. Bajo
esta lógica, prácticas como el ghosting se consolidan como el mecanismo de
desconexión por excelencia: cuando el otro deja de ser funcional a las propias
necesidades, el silencio permite suprimir la relación sin trámites ni
explicaciones.
Frente a este panorama, la noción de Amor fati, expresión latina que significa "amor al destino", adquiere una relevancia particular. Friedrich Nietzsche la asocia con una actitud vital que no solo acepta, sino que afirma incondicionalmente la realidad, tal como es. No se trata de resignación pasiva, sino de una afirmación activa que integra el dolor y la dificultad como componentes necesarios de la existencia. En última instancia, el Amor fati constituye el amor más exigente: aquel que se atreve a amar la cruda y absoluta realidad de la propia historia, sin exclusión ni arrepentimiento.


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